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100 mejores libros no-Ficción, 31, ‘Una Excursión a los Indios Ranqueles’, Coronel Lucio V Mansilla

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En 1870 en Argentina, el Coronel Lucio V Mansilla se interna con sus hombres en el territorio de los indios

El ►Coronel Mansilla (Buenos Aires, 1831 – † París, 1913 –llegó a General) era sobrino del Tirano Rosas (del que hemos escrito en otra ocasión a propósito del ►Facundo de Sarmiento) e hijo de un héroe argentino, ► Lucio Norberto Mansilla quien fuera considerado héroe de la ►batalla de la Vuelta de Obligado.

[ Merece que me detenga un tanto en esta batalla famosa en Argentina, de la guerra de Rosas contra los imperialistas franceses e ingleses, hechos en España perfectamente desconocidos, incluso en Argentina y Uruguay olvidados.

La esencia de la cuestión es que en 1845 los imperialistas ingleses y franceses, que defendían al gobierno de Montevideo, Uruguay, contra el tirano pretendieron comerciar con provincias de Argentina arriba del cauce de los ríos, y con Paraguay, sin pagarle al Buenos Aires de Rosas y su “puerto” y Aduana de Buenos Aires, impuestos que entendían abusivos.

No había tal puerto, tal como la palabra se entiende hoy, no había muelles: los barcos descargaban en gabarras en las playas lodosas, a los pasajeros los llevaban del barco a la tierra, montados en los hombros de robustos gañanes, todo era muy primitivo.

La otra intención sospechada era apoderarse los ingleses de la América, tal como se estaban quedando con la India y África y Asia.

Ingleses y franceses tenían barcos a vapor, recién inventados, movidos a ruedas laterales más que a hélice, y ayudados por velas.

Pretendían remontar el Paraná, para penetrar en el corazón de América. Esto asustó mucho a todos los países americanos, que iban a pasar tras su infame revolución traidora contra España, a ser colonia inglesa.

El padre de nuestro escritor organizó la defensa, una línea de barcos sujetos con cadenas impedían el paso, y algunas pequeñas baterías colocadas en la barranca. Esto era en un sitio estratégicamente favorable para los defensores, un recodo del río Paraná.

La disparidad de fuerzas era tremenda y a favor de los europeos, recordemos que en esa época 1845  Argentina era incapaz de fabricar un sable decente, mucho menos cañones, (esto era así por haber sido el Virreinato Español sumido en la barbarie tras la victoria de la revolución de 1810 y de San Martín, etc, ya lo expliqué en otro artículo) mientras que la escuadra conjunta anglo francesa tenía cientos de cañones de muy superior calibre, incluso misiles, los famosos ► cohetes Congreve., y una enorme superioridad en efectivos humanos.

Los de Rosas pelearon bravamente, el General Mansilla padre de nuestro escritor resultó gravemente herido por metralla, la fuerza naval conjunta rompió la barrera e incendió los barcos bonaerenses, pero las batallas incluso victoriosas nunca salen gratis, muchos barcos ingleses y franceses resultaron hundidos o muy dañados.

Remontaron los ríos americanos, pero fueron recibidos con hostilidad, nuevas batallas diezmaron en hombres y naves a las fuerzas invasoras, y el resultado del intento fue ruinoso, pues no lograron vender sus mercancías por la pobreza de la población.

Cuando descendieron los ríos para regresar a Montevideo fueron atacados de nuevo por los de Rosas que los diezmaron de nuevo en hombres y naves.

Finalmente los ingleses y franceses tuvieron que aceptar la autoridad de Rosas sobre los ríos de la Argentina. ]

Con estos antecedentes, su tío Rosas el hombre fuerte y el más rico de Argentina, y su padre héroe militar, se crió Lucio V. en la estancia de su tío. Un día su padre lo encontró al hijo en la estancia leyendo a Rousseau, filósofo muy odiado por el tirano Rosas, y prudente, lo envió al hijo de viaje ¡alrededor del mundo !!! a París, a Oriente, a Egipto, a Turquía.

Cuando regresó de París caía el gobierno de Rosas, historia que cuenta en Los siete platos de arroz con leche, [ Los siete platos de arroz con leche ] que se tuvo que tragar cuando fue a visitar al tirano en sus últimas horas de prepotencia, que le leyó una larga proclama, mientras Manuelita de Rosas, su prima, le servía ese postre en platos excesivos.

Una excursión a los indios ranqueles  cuenta su viaje y el encuentro en 1870 con el cacique Panguitruz Guor (‘Zorro Cazador de Pumas’ = ‘Mariano Rosas’). Mansilla es un agradable escritor y fino observador, el texto es sumamente ameno, de interés atrapante y grata lectura. El autor además del viaje se entretiene en contar escenas de su vida y experiencia militar, de batallas y de guerra con los indios. Un importante referente a la hora de querer saber como era la vida de los aborígenes y el paisaje en esa región de la llanura pampeana.

Ya he contado que en esa época Argentina no pasaba de ser una expresión geográfica, como si dijéramos El Congo Belga y el poder de Buenos Aires alcanzaba apenas unos kilómetros y cerca, al Sur, estaba la frontera, de indios y de gauchos rebeldes.

En 1872 se publica el ► Martín Fierro, que al final el gaucho perseguido escapa para refugiarse entre estos mismos indios de los que cuenta Mansilla en 1870.

Ni Buenos Aires tenía puerto verdadero, y poco se diferenciaban los argentinos de los indios mapuches y guaraníes, sus hermanos.

Vean cómo desembarcó Mansilla cuando llega de París:

cuando me desembarcaron, pasando por esta serie de operaciones -la ballenera, el carro, la subida a babucha- los pocos curiosos que estaban en la playa…

En la introducción de libro, que fueron cartas luego juntadas en un volumen, y dirigido a su amigo Santiago Arcos (en esos momentos en España) le dice Mansilla, le cuenta de su vida feliz y montaraz,

Hace bastante tiempo que ignoro tu paradero, que nada sé de ti; y solo porque el corazón me dice que vives, creo que continúas tu peregrinación por este mundo, y no pierdo la esperanza de comer contigo, a la sombra de un viejo y carcomido algarrobo, o entre las pajas al borde de una laguna, o en la costa de un arroyo, un churrasco de guanaco, de gama, o de yegua, o de gato montés, o una picana de avestruz, boleado por mí, que siempre me ha parecido la más sabrosa.

A propósito de avestruz, después de haber recorrido la Europa y la América, de haber vivido como un marqués en París y como un guaraní en el Paraguay; de haber comido mazamorra en el Río de la Plata, charquicán en Chile, ostras en Nueva York, macarroni en Nápoles, trufas en el Périgord, chipá en la Asunción, recuerdo que una de las grandes aspiraciones de tu vida era comer una tortilla de huevos de aquella ave pampeana en Nagüel Mapo, que quiere decir “Lugar del Tigre”.

La travesía del coronel Mansilla -18 días entre el 30 de marzo y el 17 de abril de 1870- junto a 18 hombres casi desarmados, dos de ellos misioneros franciscanos, consistió en un viaje de unos cuatrocientos kilómetros a caballo, desde el fuerte cordobés Sarmiento de Río Cuarto hasta la laguna Leuvucó en los actuales límites de la provincia de La Pampa y la provincia de San Luis. [Esta es una enorme distancia, para ir a caballo].  En este último lugar, en el que permaneció 18 días, se encontraban las tolderías de Leuvucó, donde Mansilla, charló con Mariano Rosas intentando convencerlo de refrendar un tratado de paz que en verdad él sabía tenía una validez relativa, ya que si bien Domingo Faustino Sarmiento lo había aprobado como presidente, aún faltaba que lo aprobara el Congreso.

Esto se inscribe en el constante robo y expolio que los argentinos hacían a los indios, robándoles sus tierras y engañándolos con tratados falsos -o sea, como en las películas del Far West, y acá era lo mismo.

En tiempo de Rosas el tío de Mansilla, o sea poco antes, el científico Charles Darwin asistió horrorizado a un degüello que los argentinos hicieron, de mujeres y niños indios, y se lo reprochó diciendo que le parecía excesiva crueldad.

-Qué quiere Don Carlos, le dijo uno de los degolladores de la civilización ¡Crían tanto!

Así que ya saben Uds de dónde sacó Darwin sus observaciones sobre la Supervivencia del Más Fuerte: de las crueldades en la pampa argentina.

Pero Mansilla une a su valor militar una generosa naturaleza, y cuenta cómo antes le salvó la vida al cacique Linconao, hermano del cacique que va a visitar, enfermo de viruela mortal, al que llevó a su propia casa, y le salvó la vida !

tuve que hacerlo yo mismo con el soldado que lo tiraba. Linconao estaba desnudo y su cuerpo invadido de la peste con una virulencia horrible.

Confieso que al tocarle sentí un estremecimiento semejante al que conmueve la frágil y cobarde naturaleza cuando acometemos un peligro cualquiera. Aquella piel granulenta al ponerse en contacto con mis manos me hizo el efecto de una lima envenenada.

Pero el primer paso estaba dado y no era noble, ni digno, ni humano, ni cristiano, retroceder, y Linconao fue alzado a la carretilla por mí, rozando su cuerpo mi cara.
Aquel fue un verdadero triunfo de la civilización sobre la barbarie; el cristianismo sobre la idolatría.

Los indios quedaron profundamente impresionados; se hicieron lenguas alabando mi audacia y llamáronme su padre. Ellos tienen un verdadero terror pánico a la viruela, que sea por circunstancias cutáneas o por la clase de su sangre, los ataca con furia mortífera.

A su amigo le cuenta de sus preparativos, su misión era secreta.

Ya calcularás que los preparativos debían reducirse a muy poca cosa. En las correrías por la Pampa lo esencial son los caballos. Yendo uno bien montado, se tiene todo; porque jamás faltan bichos que bolear, avestruces, gamas, guanacos, liebres, gatos monteses, o peludos, o mulitas, o piches, o matacos que cazar

A pesar de esto yo hice preparativos más formales. Tuve que arreglar dos cargas de regalos y otra de charqui riquísimo, azúcar, sal, yerba y café.  Si alguien llevó otras golosinas debió comérselas en la primera jornada, porque no se vieron.
Los demás aprestos consistieron en arreglar debidamente las monturas y arreos de todos los que debían acompañarme para que a nadie le faltara maneador, bozal con cabestro, manea y demás útiles indispensables, y en preparar los caballos, componiéndoles los vasos con la mayor prolijidad.
Cuando yo me dispongo a una correría sólo una cosa me preocupa grandemente: los caballos.
De lo demás, se ocupa el que quiere de los acompañantes.
Por supuesto, que un par de buenos rifles no han de faltarle a ninguno que quiera tener paz conmigo.

Y con razón, el agua suele ser escasa en la Pampa y nada desalienta y desmoraliza más que la sed. Yo he resistido setenta y dos horas sin comer, pero sin beber no he podido estar sino treinta y dos. Nuestros paisanos, los acostumbrados a cierto género de vida, tienen al respecto una resistencia pasmosa. Verdad que, ¡qué fatiga no resisten ellos!.

Entiendan los que esto lean que cuando los gauchos y soldados salían en una recorrida llevaban varios caballos para cada uno, una tropilla, para cambiar de montura y no tener que esperar horas a que el caballo descansase, simplemente cambiaban de caballo y continuaban, aquellos centauros de la pampa.

Mansilla ahora se descarga con una reflexión de carácter moral e histórico, y luego continúa su relato,

Yo creía, entonces que los pueblos grecolatinos no habían venido al mundo para practicar la libertad y enseñarla con sus instituciones, su literatura y sus progresos en las ciencias y en las artes, sino para batallar perpetuamente por ella. Y, si mal no recuerdo te citaba a la noble España luchando desde el tiempo de los romanos por ser libre de la dominación extranjera unas veces, por darse instituciones libres otras.
Hoy pienso de distinta manera. Creo en la unidad de la especie humana y en la influencia de los malos gobiernos.
La política cría y modifica insensiblemente las costumbres, es un resorte poderoso de las acciones de los hombres, prepara y consuma las grandes revoluciones que levantan el edificio con cimientos perdurables o lo minan por su base. Las fuerzas morales dominan constantemente las físicas y dan la explicación y la clave de los fenómenos sociales.

Terminados los aprestos, recién anuncié a los que formaban mi comitiva que al día siguiente partiríamos para el sur, por el camino del Cuero, y que no era difícil fuéramos a sujetar el pingo en Leubucó.
Más tarde hice llamar al indio Achauentrú y le comuniqué mi idea.

Su plan alarma a los misioneros y a los indios que quedaban en el Fuerte Sarmiento, la avanzada de la civilización frente al territorio indio.

Al rato vinieron todos muy alarmados, diciéndome que los indios todos, lo mismo que los lenguaraces, conceptuaban mi expedición muy atrevida, erizada de inconvenientes y de peligros, y que lo que más atormentaba su imaginación era lo que sería de ellos si por alguna casualidad me trataban mal en Tierra Adentro o no me dejaban salir.

Híceles decir, porque quedaban en rehenes, que no tuvieran cuidado, que si los indios me trataban mal, ellos no serían maltratados; que si me mataban, ellos no serían sacrificados; que sólo en el caso de que no me dejasen volver, ellos no regresarían tampoco a su tierra, quedando en cambio mío, de mis oficiales y soldados.

Ellos eran unos ocho, me parece, y los que íbamos a internarnos diecinueve. Y les pedí encarecidamente a los padres, les hicieran comprender que aquellas ideas eran justas y morales.

Achaque frecuente en milicos, luego el coronel se olvida de su expedición y se desvía a contar de hazañas bélicas, de soldados valientes, de la batalla de Curupaití en la guerra del Paraguay -donde fue herido-

Marchamos de los campos de Tuyutí a los de Curuzú para dar el famoso asalto de Curupaití.
Llegó el memorable día, y tarde ya, mi batallón dio orden de avanzar sobre las trincheras. Se cumplió con lo ordenado.
Aquello era un infierno de fuego. El que no caía muerto, caía herido y el que sobrevivía a sus compañeros contaba por minutos la vida. De todas partes llovían balas.
Y lo que completaba la grandeza de aquel cuadro solemne y terrible de sangre, era que estábamos como envueltos en un trueno prolongado porque las detonaciones del cañón no cesaban.
A los cinco minutos de estar mi batallón en el fuego sus pérdidas eran ya serias: muchos muertos y heridos yacían envueltos en su sangre, intrépidamente derramada por la bandera de la patria. Recorriendo de un extremo a otro hallé al cabo Gómez, herido en una rodilla, pero haciendo fuego hincado.
-Retírese, cabo- le dije.

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Cuando el Coronel Mansilla envió a unos gauchos a robarle al indio Blanco

A la orilla de ellos vivía el indio Blanco, que no es ni cacique, ni capitanejo, sino lo que los indios llaman indio gaucho. Es decir, un indio sin ley ni sujeción a nadie, a ningún cacique mayor, ni menos a ningún capitanejo; que campea por sus respetos; que es aliado unas veces de los otros, otras enemigo; que unas veces anda a monte, que otras se arrima a la toldería de un cacique; que unas anda por los campos maloqueando, invadiendo, meses enteros seguidos; otras por Chile comerciando, como ha sucedido últimamente.
Toda la fuerza de este indio, temido como ninguno en las fronteras de Córdoba y de San Luis, y tan baqueano de ellas como de las demás, se componía en la época a que voy a referirme, de unos ocho o diez compañeros de averías.
Con ellos invadía generalmente, agregándose algunas veces a los grandes malones.

[un malón es una banda de muchos indios, que arremete contra las poblaciones y roba y mata a placer]
Como en aquel entonces los campos al sur del Río Quinto y el Río Cuarto eran una misma cosa- dominio de los indios-, las invasiones se sucedían semanalmente, día por medio, y hasta diariamente.

El héroe de estas hazañas era, por lo común, el indio Blanco. El camino del Río Cuarto a Achiras fue cien veces campo de sus robos y crueldades. A mi llegada al Río Cuarto era imposible dejar de hablar del indio Blanco; porque, ¿a dónde se iba que no oyera uno mentar los estragos de sus depredaciones? ¿Quién no lamentaba sus ganados robados, lloraba algún deudo muerto o cautivo? El tal indio tenía un prestigio terrible. Yo era, de consiguiente, su rival.

Me propuse, antes de avanzar la frontera, desalojarlo del Cuero, incomodarlo, alarmarlo, robarlo, cualquier cosa por el estilo. Pero no quería hacer esta campaña con soldados. La disciplina suele tener los inconvenientes de sus ventajas.
Busqué un contrafuego, acordándome de la máxima de los grandes capitanes: al enemigo batirlo con sus mismas armas.
Le escribí a mi amigo don Pastor Hernández, comandante militar del Departamento del Río Cuarto, hombre tan penetrante como laborioso y constante, que necesitaba conchabar media docena de pícaros, siendo de advertir que prefería la destreza a la audacia, en una palabra, ladrones.

Hernández no se hizo esperar. A los pocos días presentáronse seis conciudadanos de la falda de la sierra, con una carta, y encabezándolos, uno denominado el Cautivo.

Los fariseos que crucificaron a Cristo no podían tener unas fachas de forajidos más completas. Sus vestidos eran andrajosos, sus caras torvas, todos encogidos y con la pata en el suelo [o sea, descalzos]; necesitábase estar animado del sentimiento del bien público para resolverse a tratar con ellos.

Entraron donde yo estaba. Queriendo hacer un estudio social les ofrecí asiento.
Me costó conseguir que lo aceptaran; pero instando conseguí que se sentaran. Lo hicieron poniendo cada cual su sombrero en el suelo al lado de la silla.

Inicié la conferencia con ciertas preguntas como:
-¿Cómo te llamas, de dónde eres, en qué trabajas, has sido soldado, cuántas muertes has hecho?
Y luego que la confianza se estableció, proseguí:
-Conque, ¿quieren ustedes conchabarse?

-Cómo úsia quiera- contestó el Cautivo, con esa tonada cordobesa que consiste en un pequeño secreto- como lo puede ver el curioso lector o lectora-: en cargar la pronunciación sobre las letras acentuadas y prolongar lo más posible la vocal o primera sílaba. En haciendo esto ya es uno cordobés. No hay más que ensayarlo.

-Ustedes son hombres gauchos, por supuesto.
-Cómo no, señor.
-¿Entienden de todo trabajo?
-De cuánto quiera.
-¿Y cuanto ganan?
-A sígun úsia.
-¿Ganan más de ocho pesos mensuales?
-No, señor.
-Pues yo les voy a pagar diez; les voy a dar comida, ropa y caballos.
-Como úsia guste.
-Sí; pero es que yo los conchabo para robar.
-Y cómo ha de ser, pues.
-Iremos ánde nos mande- dijeron varios a una.
-¡Hum! ¿Y se animarán?
-Y cómo no, señor úsia.
-Bueno; es para robarles a los indios.

¡Nadie contestó!
Y ahí está el país, la causa de la montonera y otras yerbas.
El Coronel los conchababa para robar; para robarle al lucero del alba que fuera. No había inconveniente. Estaban prontos y resueltos a todo, a derramar su sangre, a jugar la vida. Lo mismo había sido ofrecerle diez pesos y todo lo demás, que lo que ganaban honradamente.

Les hice entender que eran hombres libres; que podían conchabarse o no; que nadie les obligaba; que podían retirarse si querían.
Se convencieron de que no había en el conchabo más riesgo que el de la vida, [los bandidos tenían miedo que el Coronel Mansilla los metiera de soldados ! ] y se arregló todo.
Les di buenos caballos, los vestí, les di carabinas de las que hicieron recortados y una lata de caballería para llevar entre las caronas.
Y partieron…
Mis órdenes eran robarle al indio Blanco.
El Cautivo era baqueano del Cuero.

Lo que trabajasen sería para ellos.

¡Juá, ja, ja! Lo que trabajasen sería para ellos, he acá el retrato de la civilización argentina, que al robo lo llama trabajar.

Finalmente, el libro es buenísimo, una obra de las mejores de la cultura hispánica.

Dónde conseguirlo

Es fácil conseguirlo impreso.

En edición digital, hay muchas.

Por ejemplo en www.archive. org introduciendo el título salen varios ejemplares y ediciones.

Una excursión…

También se puede encontrar en la ► Biblioteca Virtual Universal argentina

Una excursión a los indios ranqueles Autor: Mansilla, Lucio V.

Y en muchos otros lados, es una obra muy apreciada por los argentinos y los amantes de Latinoamérica.

Para saber más

Como es un autor tan lindo y tan ameno, pongo algunos enlaces de la BVUa, alguno lo nombré, como Los siete platos de arroz con leche.

Comprobarán con asombro, que en el siglo 19, en un país por muchos motivos muy salvaje, había escritores mejores que en la España de aquella época (Mansilla, Hernández, Sarmiento y otros) y mejores que en la Sinapia actual.

De como el hambre me hizo escritor Autor: Mansilla, Lucio V.

El famoso fusilamiento del caballo Autor: Mansilla, Lucio V.

Los siete platos de arroz con leche Autor: MANSILLA, Lucio V.

☼  Mis memorias Autor: Mansilla, Lucio V.

Entre-nos Libro I Autor: Mansilla, Lucio V.

Si quieren sacar otros de la ► BVUa de este autor recomiendo que introduzcan en el buscador el término  Mansilla, Lucio V.  así, con el punto tras la V.  así, o el buscador no encuentra nada es un poco deficiente.

28 Noviembre 2016

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One Response

  1. […] de las crisis del presente o del pasado, biografías, memorias, así como libros de viajes y expediciones militares y de descubrimiento, y el tipo de libro de utilidad, como libros de cocina, manuales de técnicas, […]

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