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100 mejores libros no-Ficción, 36, ‘La Arboleda Perdida’, de Alberti

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Las memorias de uno de los más importantes poetas españoles que los fascistas no lograron asesinar

Rafael Alberti (1902 – 1999) fue uno de los más importantes poetas que vivió la República y el exilio, y regresó con la democracia para confusión de sus rencorosos enemigos.

Miembro de la llamada “la Generación del 27 “, que  tiene alturas del pensamiento y de la cultura de los que voy a citar acá, para que comprueben si lo dudaban, que la Sinapia actual o sea la cultura en el país de Franco, de Juan Carlos Rey y de la democracia y de Felipe Borbón Rey es una verdadera calamidad, y que la cultura murió en 1936, asesinada por Franco y las democracias capitalistas que destruyeron la Segunda República, y el país entero.

Dentro de este grupo de literatos podemos destacar a los siguientes poetas: Jorge Guillén, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Pedro Salinas, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Manuel Altolaguirre, Juan José Domenchina y Emilio Prados; hay autores que también incluyen a Miguel Hernández en la lista. Hubo también novelistas, ensayistas y dramaturgos, que pertenecen a la Generación del 27, entre ellos Max Aub, Fernando Villalón, José Moreno Villa o León Felipe.

Y por supuesto los integrantes de la Generación de 1914, que casi todos vivían aún.

Por demás habría que tener en cuenta a los autores olvidados por la crítica, como ocurre con la mayoría de las mujeres de este grupo, diez compañeras de la Generación del 27 en el Lyceum Club Femenino y conocidas generalmente como “Las sinsombrero”: Concha Méndez-Cuesta, poeta y escritora de teatro; María Teresa León, escritora; Ernestina de Champourcín, poeta; Rosa Chacel, poeta, novelista, ensayista, traductora…; Josefina de la Torre, poeta, novelista, cantante lírica y actriz; María Zambrano, filósofa y ensayista; y las artistas Margarita Gil Roësset, Margarita Manso, Maruja Mallo y Ángeles Santos, a las que hay que añadir a Remedios Varo . Algo semejante cabe afirmar del Lyceum Club de Barcelona

También podemos tener presente a la llamada, por parte de uno de sus integrantes (José López Rubio), como ‘’Otra generación del 27’’, que está formada por los humoristas discípulos del vanguardista Ramón Gómez de la Serna, entre los que podemos destacar: Enrique Jardiel Poncela, Edgar Neville, Miguel Mihura y Antonio de Lara, «Tono», fachas éstos que se convirtieron tras la contienda nacional en integrantes de la redacción de La Codorniz.

Pero además hay que tener en cuenta que no toda la producción literaria del 27 está escrita en castellano; hubo autores que perteneciendo a esta generación escribieron en otros idiomas, como Salvador Dalí u Óscar Domínguez, que escribieron en francés, o en inglés como Felipe Alfau, y algunos escritores y artistas extranjeros que fueron importantes en este movimiento, como Pablo Neruda, Vicente Huidobro, Jorge Luis Borges o Francis Picabia.

Forman parte de la generación de 1914 los ensayistas José Ortega y Gasset, Eugenio d’Ors, Manuel Azaña, Gregorio Marañón, Gustavo Pittaluga, Salvador de Madariaga, Claudio Sánchez Albornoz, Américo Castro, Manuel García Morente, Rafael Cansinos Assens, Federico de Onís, Ramón de Basterra, Corpus Barga y Pablo de Azcárate; los novelistas Gabriel Miró, Ramón Pérez de Ayala, Benjamín Jarnés, Wenceslao Fernández Flórez y Félix Urabayen; el dramaturgo Jacinto Grau; los poetas Juan Ramón Jiménez y Josep Carner; el educador, ensayista y secretario de la Junta para la Ampliación de Estudios José Castillejo, que becó a toda una generación de científicos para estudiar en el extranjero o el polifacético Ramón Gómez de la Serna.

Hay una notable presencia de mujeres en la generación, que contó con las primeras que pudieron tener una formación universitaria, como María Goyri (ensombrecida por la figura de su marido, Ramón Menéndez Pidal), Zenobia Camprubí (con un destino semejante, junto a su compañero Juan Ramón), la pedagoga María de Maeztu o las feministas paradójicamente enfrentadas Clara Campoamor y Victoria Kent. Otras destacarían entre los discípulos de Ortega, especialmente María Zambrano; aunque el propio Ortega, con una expresión muy significativa, atribuía a una mujer de una generación anterior, Matilde Padrón, la condición de ser la mujer más inteligente que había conocido  [lista tomada de la Wikipedia ]

Todos ellos estaban vivos en 1936 cuando Franco explota la guerra, y en 1937 estaban o muertos o en el exilio o callados.

Comprenderán viendo esa nómina de altos valores que si alguien hubiera decidido destruir a España y la cultura española, y probablemente algún país enemigo lo planeó, el diabólico Churchill probablemente, les salió su tarea infernal perfecta.

Hoy no hay España, y vivimos en el Reino Bananero Africano de Sinapia.

Alberti publicó o fue publicando sus memorias en varios volúmenes, escribió cinco y probablemente hay mas material inédito, que las peleas e intereses no dejan ver a la luz, de hecho Alberti hoy empieza a ser una figura crepuscular y si no fuera porque varios de sus poemas han visto la luz transformados en canciones, notablemente ► Se equivocó la paloma” cantada por Joan Manuel Serrat me temo que casi estaría olvidado.

Alberti en La Arboleda Perdida va sucesivamente contando de su infancia y juventud, en un libro muy bonito y lleno de sentimiento y emoción, lleno de lirismo a ratos, y luego cuenta de su juventud y de su intervención en los altos acontecimientos de la República y de la guerra civil.

La familia se muda a Madrid, él pinta y dibuja -siempre fue un artista valioso- y se relaciona, es inevitable pues entonces Madrid era un poblachón manchego, con las élites literarias, con los talentos. Es así como conoce a Antonio Machado, Gil Gala, Juan Ramón Jiménez, Eugenio D’ors, Gerardo Diego, Altolaguirre, Dámaso Alonso, Bergamín y claro, a Federico García Lorca.

En 1925, recibe el Premio Nacional de Poesía por Marinero en tierra  convirtiéndose en una joven figura de la lírica española.

En 1927 y por ocasión de un famoso congreso sobre Góngora, nacerá la ► Generación del 27.

Luego llega el terremoto de la Guerra Civil, la derrota republicana (1939), el exilio a la Argentina y el vagar por diversos países, como Italia, y mucho más tarde el regreso.

Hay muchas ediciones y versiones de La Arboleda Perdida, por lo menos cinco sucesivas ediciones en que cada una toca temas nuevos.

Yo tengo la de editorial Bruguera, fácilmente se consigue, es una edición severa y barata.

Hay otras más lindas, con ilustraciones del artista

FRAGMENTOS

En la ciudad gaditana de El Puerto de Santa María, a la derecha de un camino, bordeado de chumberas, que caminaba hasta salir al mar, llevando a cuestas el nombre de un viejo matador de toros -Mazzantini-, había un melancólico lugar de retamas blancas y amarillas llamado La arboleda perdida.

Todo era allí como un recuerdo: los pájaros rondando alrededor de árboles ya idos, furiosos por cantar sobre ramas pretéritas; el viento, trajinando de una retama a otra, pidiendo largamente copas verdes y altas que agitar para sentirse sonoro; las bocas, las manos y las frentes, buscando dónde sombrearse de frescura, de amoroso descanso. Todo sonaba allí a pasado, a viejo bosque sucedido. Hasta la luz caía como una memoria de la luz, y nuestros juegos infantiles, durante las rabonas escolares, también sonaban a perdidos en aquella arboleda.

Ahora, según me voy adentrando, haciéndome cada vez más chico, más alejado punto por esa vía que va a dar al final, a ese «golfo de sombra» que me espera tan sólo para cerrarse, oigo detrás de mí los pasos, el avance callado, la inflexible invasión de aquella como recordada Arboleda perdida de mis años.

  • Alberti empieza contando de sus estudios con los jesuítas, esa lacra que ha formado a la burguesía española a su imagen y semejanza. Es un retrato lleno de rencor y odio, de lirismo, poco.

De la fe con grandeza, llena de truenos y relámpagos, a la más baja hipocresía y explotación más miserable. Resumiendo: del oro puro de las estrellas, a la más pura caca moribunda.De esta humana materia rebosaba el alma de la Compañía de Jesús cuando yo ingresé en el colegio de El Puerto. Allí sufrí, rabié, odié, amé, me divertí y no aprendí casi nada durante cerca de cuatro años de externado.

¿Quiénes fueron mis profesores, mis iniciadores en las Matemáticas, el Latín, la Historia, etc.? Quiero dejar un índice, no sólo de aquellos padres y hermanos que intervinieron en mi enseñanza, sino también de aquellos que ocupando otros puestos en el colegio entreví por los corredores o entre los árboles de la huerta, no tratándolos casi.

El padre Márquez, profesor de Religión, al que llamábamos, seguramente por su sabiduría, «la burra de Balaán».

El padre Salaverri, profesor de Latín, un peruano con cara de idolillo, quien por sus arrebatados colores había recibido de uno de sus alumnos, el sevillano Jorge Parladé, un sobrenombre algo denigrante: el de «Enriqueta la Colorada», popular prostituta trianera.

El padre Madrid, profesor de Nociones de Aritmética y Geometría, pálido y muy perdido en el amor de sus discípulos.

El padre Risco, profesor de Geografía de España, ñoñísimo poeta y autor, además, de estupidísimas narraciones edificantes.

El padre Romero, profesor de Historia de España, también amoroso de sus alumnos. (Tal bofetada me pegó una vez este padre, que aún hoy, si lo encontrara, se la devolvería gustoso.)

El Padre Aguilar, hermano de yo no sé qué conde de Aguilar, andaluz, jesuita simpático y comprensivo, hombre de mundo, suave en sus castigos y reprimendas.

El padre La Torre, profesor de Álgebra y Trigonometría, agraciado con el mote de padre «Buchitos», a causa de sus inflados carrillos desagradables.

El padre Hurtado, profesor de Química, cenicientos de caspa los picudos hombros de vieja escoba revestida. El padre Ropero, profesor de Historia Natural, semiloco, saltándole, de pronto, del pañuelo, al sonarse, mínimas y electrizadas lagartijas, cogidas en el sol de la huerta.

El padre Zamarripa, rector del colegio, máxima autoridad, vasco rojizo, larguirucho y helado, cortante y temible como una espada negra, aparecida siempre en los momentos menos deseables.

El padre Lirola, padre espiritual, sentimentalón e inocente, estrujando más de lo necesario contra su corazón dolorido, y en la soledad de su cuarto cerrado, a las alumnas almas descarriadas.

El padre Ayala, prefecto, sucio, casposos también los hombros recargados, surgida sombra vigiladora en sordos pasos de franela.

El padre Fernández, presumido, elegante, lustroso, quizás el único jesuita que recuerde peinado a raya. Se distinguió, durante los dos años que tuvo bajo su tutela la división de los externos, por su bondad hacia mí e inesperada delicadeza ante nuestra situación de alumnos gratuitos.

El padre Andrés, desgraciado mártir de nuestras atrocidades y cafrerías. Segundo tutelar del externado.

El padre Lambertini, italiano, fino, enfermo, buen hombre, confesor mío, pero siempre oloroso, durante el desahogo de mis pecados, a café con leche del desayuno.

El hermano «Legumbres», llamado así por enviarnos continuamente y sin motivos justificados a comernos su mote. (Los alumnos de tercer año sabíamos, y lo comentábamos secretamente, que este hermano se masturbaba al sol contra un apartado eucalipto de la huerta.)

Recuerdo también al hermano enfermero, al hermano portero, al hortelano y otros que sólo conocí de vista, no hablando con ellos nunca.

De los compañeros que comenzaron conmigo el bachillerato y lo continuaban todavía el mismo año que yo lo abandoné por trasladarse mi familia a Madrid, me acuerdo sólo de muy pocos. Escasa huella debieron dejar en mí, cuando hoy apenas si sus nombres me suenan en la memoria. Sin embargo, de los internos, por su antipatía y provinciana vanidad, puedo representarme ahora a Jorge y Enrique Parladé, sevillanos, hijos de ganaderos, muy queridos y halagados de los jesuitas, injustamente favorecidos en clase, no pasando de ser un buen par de burros andaluces; a Galnares Sagastizábal, otro sevillano, raquítico y ya engominado el pelo, pero bien dispuesto para las matemáticas; a Guzmán, emperador romano o cartaginés en la clase de latín; a Claudio Gómez, un cordobés, agrio y oscuro, con cara de rifeño, hijo de no sé qué cacique de Montoro o Pozoblanco; a José Ignacio Merello, primo hermano y condiscípulo mío en el colegio de doña Concha, pero que al ingresar interno en el de San Luis Gonzaga noté en él cierto mal disimulado desvío subrayado de orgullo, muy ofensivo y triste para mí, tan amigo suyo de juegos y travesuras por los patios sombríos de las bodegas; a Eduardo Llosent, siempre con camisas flamantes y corbatas deslumbradoras, a Sánchez Dalp, a Ponce de León, a Pemartín, a Osborne, a Estrada, etc., hijos todos de grandes cosecheros de vinos o terratenientes, futuros propietarios de ilimitadas extensiones de viñedos, olivares..

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¿Qué verdadero niño andaluz no ha soñado alguna vez en ser torero? Daba la espalda del colegio a un gran ejido de retamas, adonde iban a pastar las vacas y torillos de mi tío José Luis de la Cuesta. A los once años de edad, y sobre todo cuando se alimentan ilusiones taurinas, se es ya todo un valiente. Íbamos unos cuantos, a la hora del latín o las matemáticas -Luis Bootello, José Antonio Benvenuti, Aranda…-, alumnos del segundo y tercero de bachillerato, dispuestos a apartar un becerrillo o lo primero que se nos arrancara. Juan Guilloto, aunque menor, nos acompañaba algunas veces; también, de cuando en cuando, se nos añadía un gitano apodado «La Negrita», algo mayor que nosotros y que contaba con nuestra admiración por haberse tirado al ruedo en una novillada y terminado en la cárcel.

Llegaba el momento de separar la fiera. Pero los zagales vigilaban. Había, por lo menos, que distraerlos o eliminarlos de su custodia. Momento peligroso. Los imberbes toreros nos íbamos acercando separadamente al ganado, con los bolsillos cargados de piedras y una reserva de municiones que Juan Guilloto iba recogiendo en su gorra y amontonando tras las prudenciales retamas. Como señal de ataque sonaba un silbido. Y, antes que los guardianes pudieran defenderse, la pedrea diluviaba sobre sus desprevenidas cabezas, obligándoles a correr o a tirarse por tierra para no morir descalabrados y evitar de este modo la respuesta de sus hondas de pita.

Mientras el combate, el que podía apartaba el becerro, que a veces se convertía en espantosa vaca, astada locomotora que nos largaba en fuga, viéndonos envuelta la retirada en el despavorido ganado y un torrente de piedras e insultos. Cuando la corrida podía verificarse, consistía entonces en unos desordenados chaquetazos, varios revolcones con pateaduras, traducidos luego en indisimulables agujetas y negros cardenales. Aquellos golpes y magulladuras, a pesar del callado dolor que nos causaban, eran nuestro orgullo. Pensábamos en las grandes cornadas de los famosos matadores, recibidas entre un delirio de abanicos y aplausos por los ruedos inmensos. Y luego, las conversaciones ilusas, los entusiastas comentarios. En ellos figuraban con insistencia «la enfermería oscura de las plazas, el yodoformo, el paquete intestinal, la gangrena, la rotura de femoral o la muerte instantánea por choc (¡!)», palabras estas aprendidas de los revisteros taurinos, pronunciadas a veces con más terror que valentía por el misterio que encerraban aún para unos incipientes y vagos estudiantes como nosotros.

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La primera y segunda parte terminan en 1931, y lo publica en 1959 en Argentina, luego lo retoma mucho después.

“Encierra también su importancia el proceso de la escritura. Dejó dicho su autor que el primer tomo de la serie, dividido en dos libros, fue terminado en Buenos Aires, durante el mes de julio de 1959. En esa primera revisión, consignaba sus memorias hasta 1931, fecha bien significativa para él, pues señala el comienzo de la Segunda República. Años después, cuando retoma esas cuartillas para darles continuación, su situación personal ha cambiado tanto como la circunstancia política y social de España. Mucho ha variado el contexto desde 1959. «Desde entonces a hoy —escribe—, en que me propongo continuarlas, han pasado veinticinco años. Y me encuentro viviendo en España, digo en Madrid, desde 1977, después de mi regreso de la República Argentina y de Italia, es decir, de un destierro que duró casi treinta y nueve años». (La arboleda perdida. Libros III y IV de memorias, Barcelona, Seix Barral, 1987, p.7). ¿Cabe hallar una sugestión más fecunda para un memorialista?”  CVC

 

CONCLUSIÓN

Un memorial o autobiografía muy importante en un país y una cultura la hispánica, no muy pródigo en esos documentos si comparamos con Francia, Reino Unido o EEUU.

Es muy fácil y barato de encontrarlo impreso, en Bruguera o en otras ediciones.

13 Abril 2017

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