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Dos gallegos en Avión -cuento

No todos los gallegos emigrantes se enriquecen y desde luego no los ‘alemanes’.

Pedro está jubilado de Alemania y vive en Avión, su pueblo gallego.

Es verano pero la lluvia es pertinaz, aunque suave, el calor hace todo soportable y el cielo es azul y brillante, de a ratos.

Una procesión pasa, impertérrita ante el chubasco. Va detrás un pasacalles de cincuenta músicos tocando aires nacionales.

Pedro en la acera los mira con satisfacción, esta juventud promete mucho, piensa, no como nosotros.  Mirar los haigas estacionados por las calles le da menos satisfacción -Mercedes, BMWs, pocos coches nacionales pero los que hay son todos muy caros.

Pedro trabajó muchos años para Mercedes en Alemania, pero no posee un Mercedes, tiene un Reanult viejo y lo saca poco, sólo si tiene que bajar a alguna ciudad o visitar a su hermana que vive lejos. Total, Avión es chico, todo está cerca.

El verano en Avión  le molesta porque se llena de indios, como los llama él -eso de indiano es de literaturas.  Tienen mucha plata -como dicen ellos, le llaman tener mucha plata a tener dinheiro, y ya se sabe: dinheiro chama a o dinheiro-, se hicieron grandes casas de pedra con el dinero de México, cuando se fueron vivían en chamizos, ahora tienen casas de pedra, y son muy arrogantes y el alcalde les hace la pelota por la plata que traen al pueblo.

Pedro enfila para el bar, pero se detiene en la acera, cree ver a alguien conocido, alguien de Alemania.

– Juan ¿eres tú?

– Pedro, eh. Sí, tantos años. ¿Que haces en este pueblo?

– Vivo acá, ¿y tú? Cuando me jubilé de Alemania volví a mi pueblo.

– Yo vivo en Cartagena, con mi hermana que tiene un piso. ¡Pero hace unas calorazas ! Me quiero venir a Galicia y comprar un piso.

Los dos jubilados caminan un rato y se sientan en una plazoleta.

– Pero este pueblo, esto ha cambiado mucho. Esto parece caro, aquí no me conviene.

– Sí, se ha llenado de indios. Estos cabrones que se fueron a México y volvieron ricos. Nos ponen la vida cara a los de la tierra.

– Ya me llamaba la atención. Oía yo hablar a muchos argentinos.

– No son argentinos, son mejicanos.

– Mira Pedro ¡un Rolls Royce!  Años que no veía uno.

– Sí, es el coche de Slim, el hombre más rico del mundo, es el indio gordo que va dentro fumando el puro. Viene mucho por aquí, a jugar al dominó con los otros indios amigos suyos.

– ¿Quién es ese Slim, qué fabrica?

– No fabrica nada, que no es Alemania, Juan ¡Qué va a fabricar! Slim es un impuesto que pagan los mejicanos.

– Ah, ya veo, así hace dinheiro cualquiera. Vamos a tomar un vino por ahí.

Los dos amigos van a una taberna y se sientan, que eso de estar de pie en la barra no es para gente mayor sobrada de peso y barrigona como todos los gallegos de mayores. Toman del vino a pequeños vasos. La televisión pasa un partido de fútbol y la máquina de jugar trabaja mucho, nadie cobra de la máquina, pero todos echan euros en la ranura, incluso monedas de dos euros, notan los dos amigos, que en Alemania han aprendido a cuidar o dinheiro.

Los dos están muy contentos por este reencuentro, después de tantos años de trabajar juntos en Alemania en un almacén de repuestos de Mercedes. No es que sepan expresar esa alegría pero se sienten bien.

– Qué tiempos aquellos en Alemania, dice Juan al fin.

Confirma Pedro y con énfasis -Sí, ¡qué tiempus aquéllos!

Oye, y si nos reunimos mañana en mi casa y hasemos una comilona.

– Me parece bien, Pedro. ¡Vamos a hacer una comilona! Para recordar aquellos tiempos en Alemania.

– Sí, en Alemania. ¡Qué tiempus aquellos!

– Sí, ¡qué tiempos aquellos en Alemania!

Agotados sus recursos expresivos los dos amigos beben más del vino y de la nostalgia.

– Bueno, ¿y qué compramos para la comilona, qué nos hacemos?

– Hombre, pues de primer plato, eh, nos podríamos hacer unas patatas hervidas, como en Alemania.

– Hombre, ¡Si ya vamos a empesar por les gulosines!

☼ Para saber más

Poor Avión welcomes millionaires

Ashifa Kassam: The population of the poor Galician settlement once fled their home to find work; but they never forgot it.

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